El Papa llegó a España y, por primera vez, ocupó el escaño del Parlamento. Habló, y su voz fue el mapa de una autoridad antigua: siete minutos de aplausos como si se aplaudiera el alivio de tener finalmente a alguien que dice lo que debería ser. Tiene, como recuerda Mariano Sigman, “el poder de las palabras”: nombrar, conmover, trazar límites morales que resuenan más allá del atril. Palabras, rito y espectáculo*.
“Treinta años antes de que se inventase el teléfono, Mackay ya entendió que había un principio común a todos acontecimientos… En grupos amplios se forma […] una ola de creencias y la multitud pierde el rasgo que la hacía tan valiosa: su diversidad”.
Hay cosas que la palabra, por poderosa que sea, no alcanza a domesticar. Decirles a los partidos que se porten bien suena a excursión escolar: “porteos de civismo” empaquetados en aplausos protocolares. Pedir que abramos los brazos a los emigrantes —aunque sean irregulares— es hermoso en teoría y complejo en la práctica: los brazos abiertos se topan con leyes, con fronteras, con presupuestos. Proclamar la sacralidad de la vida frente a la eutanasia es un gesto solemne; pero la vida, en el laberinto administrativo, es una fila de expedientes.
Lo que quizá Su Santidad no sabe —o no puede ver desde el estrado— es la guerra silenciosa que ganan otros poderes: el brazo torcido que obliga, la mano más dura que empuja y organiza la realidad con contratos, recortes, ruedas de prensa y puertas giratorias. Mientras la palabra exhorta, el brazo tuerce: recorta turnos, posterga pruebas, convierte una cita con el especialista en una cita con la paciencia. Cada demora engendra una fotocopia, un sello, una firma: una burocracia que multiplica costos y erosiona dignidades. La inscripción en el registro de manifestaciones anticipadas de voluntad — explícitamente, el testamento vital—se transforma en un vía crucis administrativo; la voluntad queda triturada entre tasas, testigos y copias compulsadas.
Sí, la palabra tiene fuerza. Pero convive con otros resortes: intereses, omisiones, miedos organizados, un mercado que no reza pero exige recibos. Y aunque la Iglesia reivindique el monopolio moral sobre la vida y la muerte, la práctica cotidiana demuestra que hay manos que mandan sin hablar y decisiones que matan o salvan con menos liturgia y más burocracia.
Al final sólo cabe preguntar, con respeto y un poco de ironía: Su Santidad, ¿qué pesa más en este mundo nuestro: la palabra que convence o el brazo que tuerce? Y si hay un más allá, ¿tendrán allí también ventanillas, formularios y su correspondiente cola?
*El foco ya ha pasado a los mundiales de futbol.