Cerca del país bassari, al oeste de Senegal, existe una etnia, los driums, que apenas se ha mezclado con otras de su entorno. Sus creencias no son animistas como las de los basari, ni islámicas como mayoritariamente son las de los peuls. No voy apenas a hablar de sus curiosas costumbres, que las tienen, como de hecho las tienen casi todo pueblo no europeo. El que de noche, cuando hablan, no lo hagan mirando a la cara sino al cielo estrellado, quiero interpretarlo más como una necesidad de ensimismarse en la complejidad del tenaz universo, que como una regla de educación. Fue precisamente una noche clara y calurosa cuando, sentados en sendas hamacas, el jefe del poblado que me había brindado hospedaje y yo sostuvimos una conversación que me atrevería a calificar de profundamente teológica. Yoba me hizo observar que en la constelación de Orión las estrellas se hacían notar cuando no las mirabas directamente, sino en ángulo, ya que de lo contrario, si mirabas cada una fijamente, ésta desaparecía. No soy muy inclinado al estudio astronómico aunque he de reconocer que en Africa sería casi obligado por la quieta compañía que te ofrece la noche. Asentí sin demasiado interés a su comentario, pensando en el fondo que eso ocurría con cualquier estrella. El pareció adivinarme el pensamiento porque, señalándome una, seguramente un planeta, me dijo que con las demás no ocurría.
Esto es debido a que los dioses no están seguros de si deben o no mostrarse, y prefieren hacerlo cuando no los buscas.
Me interesó la idea. En el misticismo sufí se habla de la sombra que te sigue cuando tratas de escapar de ella, y se aleja cuando la buscas. A menudo, la utilizan como metáfora de nuestra relación con el éxtasis.
Los driums, sin embargo, no se hallan familiarizados con experiencias místicas. Ni siquiera se puede decir que sus compulsivas y repetitivas danzas, obras del azar, tengan como fin el logro de esos estados de conciencia. Más bien su búsqueda de la trascendencia se orienta por caminos arduamente intelectuales. De la conversación de aquella noche pude deducir una cosmogonía fuertemente cavilada y asombrosamente imprecisa. Se diría que la duda es lo único constante en ellos.
Aunque son estrictamente respetuosos con el medio ambiente, no creen como los bassari en una influencia vital del entorno, y se ríen abiertamente de los ritos y oraciones de los peuls. Del cristianismo no aciertan a comprender la razón por la que un Dios se haya percatado siquiera de la existencia de los hombres, hasta el punto de haber enviado a su hijo para redimirlos. Dicen que en todo caso ese hijo, ante la enorme diversidad de seres diseminados en la tierra, hubiera podido despistarse, e ir a parar a otra especie animal. Además, ¿por qué iba a redimir a los hombres y no a los monos, los lagartos, o las termitas? Para los driums el hombre no es la especie reina de la naturaleza sino una más. Entienden que los escorpiones, por ejemplo, también tienen su lenguaje, sus símbolos, sus religiones, y sus guerras.
Pero lo que me llamó más la atención fue su teología. No hay un dios sino cuatro o cinco. Esta misma afirmación les plantea sus dudas. Podrían, perfectamente, ser tres. Si son cuatro es porque cuatro son las funciones esenciales que pueden desarrollar. A saber: la de aguantar las fuerzas del universo, la de vigilar que haya agua, la de castigar a los que no piensan, y la de no ser notados, o en su variación, la de ser notados lo menos posible. Queda una quinta función. La de anotar el día de la primera regla de las adolescentes, pero no están seguros de si ésa es una función asumible por los otros cuatro. A su vez dudan respecto a la existencia del dios del agua, ya que en caso de faltar, suelen venir comerciantes árabes a traerla.
Cuando pregunté a Yoba por qué no asumía todas las funciones un solo dios, me replicó que en su día posiblemente lo hubiera hecho pero que hoy día los dioses se habían vuelto indolentes y apáticos y no deseaban responsabilidades sobre tantas tareas. Por otro lado, ¿qué pega le veía yo a la existencia de varios? Mayor certidumbre sintió Yoba cuando le propuse la hipótesis de la no existencia de ninguno. Me miró, y luego lentamente, señaló con su dedo el firmamento.
Entre los driums no hay hechiceros. No necesitan de intermediarios ante los dioses porque sospechan que no les van a hacer caso. En caso de enfermedad se las apañan con remedios familiares para lo que se presta especial atención a las madres y abuelas, no solo de la propia familia sino de todo el poblado. Suelen admitir con facilidad cualquier diagnóstico, aunque esté en contradicción uno con otro. Lo mismo ocurre con la terapéutica. Durante mi estancia, una picadura de abeja fue considerada sucesivamente como premio a la capacidad amatoria del afectado, como deposito de agua, como trastorno del universo, como picadura de abeja, como apéndice natural, como señal especial de algo a alguien. El remedio aplicado fue también variado. Se llevó al hombre a que durmiera en una choza llena de abejas, se le aplicaron emplastos de hierbas, se le hizo que dijera en voz alta todos sus pensamientos, se le pidió todos los bienes que poseías, se le condenó a muerte, se le indultó. Salvo el emplasto de hierbas, todos los demás remedios fueron efectivos.
Lo más curioso en la relación que este pueblo sostiene con los dioses, aparte de no sentir una especial adoración hacia ninguno de ellos, es su alegre desmemoria. Carecen de ritos y agradecimientos. Un dios ha podido favorecerles en una disputa tribal, pero podría haber hecho lo contrario. Y en absoluto dan por hecho que repetirá la misma conducta en la disputa siguiente. Para los driums la realidad parece obrar por paradojas, y dioses y hombres andan despreocupados los unos de los otros. Cierto es que cuando hay una tormenta muy fuerte, o cae nieve, como ocurrió hace treinta años, se acuerdan del dios que sostiene el universo, pero no es para implorarle, sino más bien para llamarle la atención. Le vienen a decir que ya que ellos cumplen con su deber de cazar, recoger algodón, fecundar mujeres, y no viajar demasiado, cumpla él con el suyo. Casi diría que es un enfado. Enfado que pronto olvidan riendo.
¿Son felices los driums? Es imposible saberlo. El concepto, como tal, no existe en su idioma. Tampoco existe la palabra contento. Cuando traté de precisarlo algo más, a través de un análisis de comportamientos, como por ejemplo la risa o el llanto, Yoba me respondió que reían mucho. También lloraban mucho. Estas eran algunas de las situaciones que les hacían reír: el nacimiento de un hijo, resbalar por el camino, la noche, la verbalización de un pensamiento, el suave calor que da la madera, olerse mutuamente, comprobar que el granero está lleno, comprobar que está vacío... Nuestra propia conversación era motivo de risa, pude apreciar.
Si lloraban era por ver como corrían las lágrimas, por competición teatral, por escuchar el sonido producido, para ver como quedaban después, para asombrar a los forasteros, y otras razones de similar naturaleza.
Nada hay en el repertorio costumbrista de esta etnia que recuerde la intencionalidad mágica que se ha observado en otras. Es sabido que los peuls bajan pudorosamente los ojos ante la presencia de un misionero por miedo a que les robe el alma, riesgo que ciertamente corren. Así mismo los católicos suelen atesorar restos óseos de alguno de ellos para protegerse de futuras calamidades. Entre los driums no ocurre nada parecido. Al no dar apenas importancia a la relación causa-efecto entre el tiempo actual y el venidero, les resulta inconcebible mantener una conducta con pretensiones de ejercer influencia en el futuro inmediato. Para un drium el segundo siguiente es casi una sorpresa. Se ríe, por ejemplo, de sus vecinos cuando ve tallar una estatuilla de fertilidad. Para él el tiempo dedicado a dicha talla podía ser empleado en el ejercicio de dicha fertilidad. Bien mirado no deja de tener su lógica.
Este ejemplo me lleva a señalar una característica que pude observar durante mi estancia en el poblado: la ausencia de arte. No hay en absoluto sentido estético en este pueblo. No hay siquiera un segundo fin no buscado en sus obras. Estas son estrictamente funcionales y perecederas. Chozas, puentes, aperos, cucharas, y otros utensilios son hechos para ser utilizados y olvidados. Se van reemplazando continuamente, en una actividad que a cualquier economista le dejaría apesadumbrado. No a los driums. Cuando me permití sugerir a Yoba la conveniencia de usar la madera o los cuencos de calabaza, para la confección de fuentes, me replicó que sabrían mal los alimento depositados en ellos por segunda o tercera vez. Las hojas de palmera o de baobab, en cambio, se pueden usar y tirar.
No debe deducirse de ello un espíritu utilitarista entre este pueblo. No creo equivocarme si afirmo que posiblemente se trata del grupo humano más ineficiente e incapaz que existe en el planeta. Si es cierto que está muy extendido entre ellos la idea de no invertir esfuerzos en actividades no productivas, también es cierto que aparejada a ella, se encuentra la idea de no conservación. Se conforman con lo que tienen a mano y, salvo el grano que les sirve de alimento básico, no guardan objetos ni recuerdos. Temen que estos últimos les anuden al pasado y les haga creerse más imprescindibles de lo que son. Por el contrario, valoran al niño tímido, al adulto que apenas sale de su choza, al despistado, o al que, al hablar, tartamudea. Yoba me aseguró que cuando alguien hace algo sobresaliente, en el mismo hecho tiene su perdición. Ante mi cara de asombro, explicó que hacer algo grande en sí mismo no es perjudicial, pero siempre lleva consigo el pensamiento de haberlo logrado, y eso sí es suicida. De ahí que no valoren los recuerdos.
-No comprendo, entonces, porqué guardáis en vuestra memoria el pensamiento de que hay cuatro o cinco dioses.
-No lo guardamos. Es un pensamiento tan nuevo para ti como para mí.
-¿Te lo has inventado esta noche?¿Quieres decir que otros driums podrían haberme hablado de otros dioses?
-No, posiblemente te hubieran hablado de los mismos, Solo que, al no dar importancia a los recuerdos, posiblemente las dudas hubieran sido las mismas.
Líneas más arriba he escrito que los driums no suelen viajar. Esta costumbre sin embargo es frecuente en Africa Occidental, donde las migraciones colectivas, o individuales, han sido constantes, y han hecho desarrollar entre los pueblos un importante sentido de la hospitalidad. A pesar de la apacibilidad con que fui acogido en el poblado drium, quise deducir que el refugio que me proporcionaron no se debía tanto al mencionado sentido sino a una suerte de desapego hondamente enraizado. El haberles visitado estimulaba en ellos una emoción similar a la que hubieran experimentado de no haberlo hecho.
Al releer este relato, meses después, y en particular el último párrafo me he sugerido una segunda explicación sobre el acogedor y desapasionado carácter de los driums. Su impertubabilidad y su calma pudieran derivarse no tanto de un desligamiento emocional del hecho de viajar, sino más bien de considerarlo innecesario.
El espíritu viajero emana de la inquietud y ésta, a su vez, de la incertidumbre respecto a los demás. Cuando un hombre carece de recuerdos, no necesita comparar, ni compararse. Los viajes quedan relegados a los que cada cual lleve a cabo en cada pensamiento.