Cuando el correo llega
No fue una reunión. Ni una llamada. Ni siquiera una conversación difícil.
Fue un correo.
Llegó a primera hora de la mañana, con un asunto neutro, casi administrativo. Nada en mayúsculas. Ninguna alarma. Un mensaje más entre muchos otros. Al abrirlo, el lenguaje era correcto, educado, aséptico. Hablaba de reorganización, de alineamiento estratégico, de oportunidades futuras. No mencionaba personas. No mencionaba historias. No mencionaba nombres propios.
Solo procesos.
El lector —abogado, diseñador, analista, programador, gestor— comprendió antes de terminar el segundo párrafo. No porque dijera “despido”, sino porque el tono ya no necesitaba decirlo. Había algo definitivo en esa forma de escribir: una manera de cerrar sin cerrar, de excluir sin señalar.
Horas después, al salir a la calle, todo seguía igual. El bar de la esquina. El tráfico. Los mensajes en el móvil. Nadie parecía notar nada. Y, sin embargo, algo había cambiado de lugar. No solo el empleo. Algo más íntimo.
Durante años, trabajar había sido más que producir. Había sido estar dentro. Tener un lugar. Una razón para levantarse. Una narrativa silenciosa que decía: soy útil, por eso pertenezco.
Ahora no había enfado inmediato. Tampoco alivio. Solo una pregunta suspendida, todavía sin palabras claras:
Si ya no me necesitan para hacer esto… ¿qué soy ahora?
No era una pregunta económica. No era aún política. Era una pregunta ontológica, formulada en voz baja, mientras la ciudad seguía funcionando como si nada.
La inteligencia artificial no apareció en el correo. Pero estaba ahí. En lo que no se dijo. En la facilidad del reemplazo. En la ausencia de duelo.
No fue el fin del trabajo. Fue algo más difícil de nombrar.
Fue el primer momento en que alguien sintió —sin dramatismo, sin épica— que el trabajo, tal como lo había conocido, había empezado a dejar de necesitarlo.
I. El mito que se resquebraja
Trabajo, progreso y promesa
Durante más de dos siglos, el trabajo no fue solo una actividad económica. Fue una institución moral. Un dispositivo silencioso que organizó la vida moderna dotándola de continuidad, orientación y sentido. Trabajar no significaba únicamente producir bienes o servicios: significaba pertenecer.
La modernidad tejió una ecuación poderosa y aparentemente indiscutible: trabajar → contribuir → valer. En esa secuencia se apoyaron la educación, la meritocracia, la movilidad social y la autoestima individual. Quien estudiaba, se esforzaba y aceptaba las reglas del juego podía esperar, con razonable confianza, un lugar en el mundo.
Ese relato fue extraordinariamente eficaz. Incluso cuando el trabajo era duro, repetitivo o alienante, ofrecía algo a cambio: reconocimiento social. No siempre dignidad, pero sí identidad. No siempre bienestar, pero sí un nombre: obrero, técnico, profesional, funcionario, empleado. Ser algo.
El progreso industrial primero, y el cognitivo después, reforzaron esta promesa. Cada revolución tecnológica —se nos dijo— destruiría ciertos empleos, pero crearía otros nuevos, más cualificados, más interesantes, más humanos. El trabajo cambiaba, pero no desaparecía. La promesa se mantenía intacta.
Por eso el trabajo se convirtió en el fundamento ontológico de la vida adulta. Organizó el tiempo (jornada, carrera, jubilación), el espacio (oficina, fábrica, hogar), y la narrativa vital (empezar, ascender, consolidarse). Incluso el fracaso tenía un marco: no haber encontrado todavía el lugar adecuado.
Sin embargo, este mito empezó a agrietarse mucho antes de la inteligencia artificial.
A finales del siglo XX, una parte creciente del empleo dejó de estar vinculada a la producción real de valor. Surgieron trabajos cuya función era difícil de explicar, incluso para quienes los desempeñaban. Ocupaciones dedicadas a gestionar otras ocupaciones, a justificar procesos que no transformaban nada, a mantener estructuras cuyo fin último parecía ser su propia continuidad.
El sistema, lejos de corregir esta anomalía, la integró. El empleo siguió funcionando como mecanismo de distribución de renta, estatus y sentido, aunque su relación con la utilidad real se debilitara. Trabajar ya no garantizaba contribuir, pero seguía garantizando pertenecer.
Ahí reside la paradoja: cuando el trabajo empezó a perder sentido, aún era necesario. Necesario no para producir, sino para sostener el orden simbólico.
Este es el punto exacto en el que la inteligencia artificial irrumpe. No como causa originaria del problema, sino como acelerador implacable. La IA no llega a un sistema sano: llega a un régimen laboral ya cargado de ficciones, rituales vacíos y promesas agotadas.
Y al hacerlo, pone en crisis algo más profundo que el empleo.
Pone en crisis la idea —largamente asumida— de que siempre habrá un lugar para quien esté dispuesto a ocuparlo. Que el mundo necesita a todos, si todos se esfuerzan lo suficiente. Que la utilidad humana es una condición estable, no una variable técnica.
Antes de preguntarnos qué hará la IA con el trabajo, conviene reconocer esto: el mito ya estaba resquebrajado. La IA simplemente empieza a hacerlo visible.
II. Antes de la IA: cuando el trabajo ya había perdido sentido
Los “trabajos de mierda” como infraestructura social
Mucho antes de que la inteligencia artificial comenzara a automatizar tareas cognitivas, algo ya se había roto en el interior del trabajo moderno. No era aún una crisis visible. No aparecía en las estadísticas de empleo ni en los discursos oficiales sobre productividad. Se manifestaba de otro modo: como una disonancia íntima, una sospecha silenciosa compartida por millones de personas que, al explicar su trabajo, sentían que algo no encajaba.
David Graeber fue quien se atrevió a tomar en serio esa sospecha.
Cuando habló de bullshit jobs no se refería a empleos duros, mal pagados o socialmente despreciados. Hablaba de algo más inquietante: trabajos bien remunerados, respetables, ubicados en el corazón de la economía del conocimiento, que quienes los desempeñaban consideraban objetivamente inútiles. Trabajos que, si desaparecieran mañana, no empeorarían el mundo —y quizá lo mejorarían ligeramente—.
La clave antropológica de Graeber no está en la denuncia moral, sino en la pregunta estructural: ¿por qué una sociedad sofisticada, tecnológicamente avanzada y obsesionada con la eficiencia produce de forma sistemática empleos que no producen nada?
La respuesta no es económica. Es simbólica.
Estos trabajos cumplen funciones que no aparecen en ninguna descripción de puesto: — organizan jerarquías — distribuyen estatus — ocupan el tiempo — legitiman salarios — y, sobre todo, mantienen viva la ficción de que todos contribuyen
Desde una perspectiva antropológica, el trabajo deja aquí de ser un medio para producir valor y se convierte en un ritual de pertenencia. Como todo ritual, no necesita ser eficaz: necesita ser repetido. No transforma el mundo; reafirma el orden.
Graeber muestra que muchos empleos existen para justificar otros empleos, que amplias capas de la burocracia corporativa se dedican a gestionar consecuencias de decisiones que nadie recuerda haber tomado, y que el lenguaje organizacional —repleto de métricas, informes y presentaciones— funciona como una liturgia que sustituye la utilidad por su representación.
Este fenómeno no es accidental. Tiene una función política profunda. Una sociedad en la que millones de personas intuyen que su trabajo es inútil, pero dependen de él para vivir y ser reconocidas, es una sociedad disciplinada. La culpa se interioriza. El malestar se privatiza. La crítica se neutraliza.
Aquí el trabajo deja de ser fuente de dignidad para convertirse en dispositivo de control moral. No importa tanto lo que haces, sino el hecho de que estés ocupado. No importa el sentido, sino la apariencia de necesidad.
La paradoja es brutal: cuando el trabajo pierde sentido, se vuelve aún más obligatorio.
Este es el mundo al que llega la inteligencia artificial. Un mundo donde una parte considerable del empleo ya no está vinculada a la producción de valor, sino a la producción de sentido social. Un mundo donde millones de personas saben —aunque rara vez lo digan en voz alta— que su trabajo no importa, pero temen descubrir qué pasaría si desapareciera.
Graeber intuye aquí algo decisivo: el verdadero miedo no es dejar de trabajar, sino dejar de ser necesario. Y esa necesidad no es técnica, sino simbólica. No tiene que ver con la productividad, sino con el reconocimiento.
Por eso los trabajos de mierda no son una anomalía del sistema, sino una de sus infraestructuras invisibles. Mantienen cohesionada una sociedad que no ha aprendido a distribuir identidad, estatus y sentido de otro modo que no sea a través del empleo.
Cuando la IA comienza a automatizar tareas cognitivas, no irrumpe en un vacío. Irrumpe en este teatro ya agotado. Y lo que amenaza no es solo la pérdida de empleos, sino el colapso del ritual que durante décadas sostuvo la promesa moderna de pertenencia.
Antes de preguntarnos qué trabajos destruirá la inteligencia artificial, conviene asumir esto: una parte del trabajo ya estaba vacía. La IA no crea el problema. Lo vuelve imposible de seguir ocultando.
III. La promesa rota de la reconversión
Por qué esta vez la historia no se repite
Cada vez que una nueva tecnología ha amenazado el trabajo humano, la modernidad ha respondido con el mismo relato tranquilizador. Un relato casi litúrgico, repetido durante generaciones: sí, algunos empleos desaparecerán, pero surgirán otros nuevos. La pérdida sería temporal; el progreso, neto. La historia —se nos decía— siempre acababa encontrando un lugar para quien estuviera dispuesto a adaptarse.
Ese relato funcionó porque, durante mucho tiempo, fue razonablemente cierto.
La mecanización sustituyó fuerza física, pero creó industrias. La automatización industrial desplazó oficios, pero generó profesiones técnicas. Incluso la digitalización temprana destruyó tareas, pero abrió campos enteros de actividad cognitiva. En todos esos casos, la tecnología ampliaba el sistema productivo y, con él, el campo de lo necesario.
La reconversión era dura, desigual y a menudo injusta, pero existía un “después”.
La inteligencia artificial rompe ese patrón.
No porque destruya más empleos que otras tecnologías, sino porque afecta a una capa distinta de lo humano. No sustituye brazos, ni siquiera rutinas mecánicas. Sustituye capacidades que hasta ahora habían funcionado como refugio histórico: análisis, redacción, diagnóstico, clasificación, diseño, programación, enseñanza, investigación. Es decir, la materia prima del trabajo cualificado.
Por primera vez, una tecnología no amenaza solo a quienes realizan tareas repetitivas, sino a quienes habían sido formados precisamente para escapar de ellas.
Aquí la promesa de la reconversión empieza a vaciarse de contenido. No porque las personas no puedan aprender nuevas habilidades, sino porque el sistema ya no necesita —ni puede absorber— a todos los que saben pensar, escribir, calcular o decidir. La IA no abre un nuevo continente laboral proporcional al que cierra. Concentra capacidad en menos manos.
Esto introduce un cuello de botella histórico sin precedentes: millones de trabajadores del conocimiento desplazados al mismo tiempo, desde sectores distintos, con trayectorias largas y capital cultural elevado, empujados hacia un mercado que no tiene suficientes lugares significativos para ellos.
La respuesta institucional sigue siendo la misma de siempre: reskilling, upskilling, aprendizaje permanente. El problema no es el esfuerzo que se exige, sino la promesa implícita que ya no puede cumplirse. No todos se reconvertirán. No todos encontrarán un nuevo lugar. Y no por falta de mérito.
Aquí emerge una verdad incómoda que rara vez se formula en público: la reconversión ya no es una estrategia colectiva, sino una lotería individual.
Algunos lograrán situarse en posiciones de alta complementariedad con la IA. Otros migrarán a trabajos humanos no automatizables —cuidados, atención, oficios— con más contacto humano, pero menos estatus y reconocimiento. Muchos quedarán atrapados en un subempleo cognitivo crónico: supervisar sistemas, validar salidas, realizar tareas fragmentadas muy por debajo de su capacidad real.
Y una parte creciente simplemente quedará desvinculada del trabajo, no por elección, sino por irrelevancia estructural.
Este es el punto en el que el relato moderno empieza a fallar. No hay un “nuevo sector” esperando absorber a todos. No hay una escalera colectiva que ascienda con cada innovación. Hay, en cambio, una reorganización silenciosa del valor, donde la utilidad humana deja de ser un supuesto y se convierte en una variable técnica.
La promesa de la reconversión se revela entonces como lo que siempre fue, pero ahora sin cobertura histórica suficiente: una forma elegante de trasladar un problema sistémico al individuo.
Aprende más. Adáptate mejor. Sé flexible. Reinventate.
Cuando ese imperativo deja de funcionar, no porque las personas fallen, sino porque el sistema ya no ofrece dónde aterrizar, algo fundamental se quiebra. No solo una expectativa laboral, sino la confianza en que el esfuerzo garantiza pertenencia.
Es en este punto exacto donde el discurso empieza a cambiar de tono. Donde el desempleo deja de ser interpretado como tránsito y empieza a vivirse como expulsión.
Y es aquí donde la abstracción se vuelve concreta. Donde la teoría se encarna. Donde la promesa rota adopta un nombre propio, una ciudad, una fecha.
Aquí es donde el caso Amazon deja de ser una noticia económica y se convierte en una bisagra histórica.
IV. El punto de inflexión ya está aquí
El caso Amazon: cuando el despido deja de ser una crisis y se convierte en diseño
En diciembre de 2025, Amazon anunció el despido de 791 personas en Barcelona —casi un tercio de su plantilla de oficinas— y 150 más en Madrid. No fue una empresa en quiebra. No fue una retirada del mercado. No fue una corrección tras una expansión fallida. Fue una decisión estratégica enmarcada en una reestructuración global de 14.000 puestos asociada explícitamente al impacto de la inteligencia artificial.
La noticia pasó con rapidez por la agenda mediática. Un ERE más. Un titular más. Sin embargo, lo que aquí se juega no es coyuntural. Es sintomático.
Porque lo que desaparece no es trabajo manual ni empleo periférico. Desaparecen funciones cognitivas: análisis, coordinación, reporting, planificación, gestión intermedia, tareas que durante décadas definieron la economía del conocimiento. Trabajo cualificado, bien pagado, socialmente reconocido. Trabajo que encarnaba la promesa moderna: si estudias y te esfuerzas, habrá un lugar para ti.
Amazon no despide porque vaya mal. Despide porque puede. Porque los sistemas algorítmicos ya permiten concentrar decisiones, acelerar procesos y reducir capas humanas sin que la organización se resienta. O, al menos, sin que se resienta aquello que hoy se mide como éxito: eficiencia, escalabilidad, margen.
Aquí ocurre algo decisivo: el despido deja de ser un fallo del sistema para convertirse en una función del diseño. No es una anomalía que deba corregirse; es una consecuencia lógica de una arquitectura productiva optimizada para prescindir de mediaciones humanas.
El lenguaje que acompaña estos anuncios es revelador. No habla de personas, sino de roles. No habla de historias, sino de capacidades redundantes. No habla de pérdida, sino de oportunidades de transformación. La IA aparece, cuando aparece, como una fuerza neutra, casi natural. No como decisión política, sino como destino técnico.
Pero lo importante no es lo que se dice, sino lo que se asume.
Se asume que el sistema puede funcionar con menos gente. Se asume que esa gente sabrá “reubicarse”. Se asume que la responsabilidad última recae en el individuo.
Lo que no se asume —ni se nombra— es el coste simbólico de esta operación. Porque cada una de esas personas no pierde solo un salario. Pierde una posición en la narrativa social. Pierde una respuesta clara a la pregunta “¿a qué te dedicas?”. Pierde, en muchos casos, la sensación de ser necesario.
Desde una perspectiva antropológica, este es el punto de inflexión: cuando una institución central deja de cumplir su función integradora y nadie ofrece un reemplazo simbólico. El trabajo ya no media entre el individuo y la sociedad. Ya no traduce esfuerzo en reconocimiento. Ya no garantiza pertenencia.
El caso Amazon no es excepcional por su magnitud, sino por su claridad. Hace visible algo que hasta ahora se intuía: que la economía del conocimiento también puede encogerse, y que puede hacerlo sin alternativa inmediata para quienes quedan fuera.
Aquí la pregunta deja de ser tecnológica. No es si la IA es más o menos eficiente. La pregunta es otra, más incómoda:
¿Qué ocurre con una sociedad cuando descubre que puede prescindir de una parte significativa de su población cualificada sin que el sistema se detenga?
En ese instante, la reconversión deja de ser promesa y se convierte en coartada. El despido deja de ser tránsito y empieza a vivirse como expulsión estructural.
Y con esa expulsión aparece un nuevo paisaje vital. No homogéneo, no ordenado, pero reconocible. Un paisaje de destinos divergentes que ya no dependen solo del talento ni del esfuerzo, sino de la posición que cada cual logre —o no— ocupar en la nueva arquitectura algorítmica del valor.
Ese paisaje es el que se despliega a continuación.
V. Después del despido
Cuatro destinos posibles en la nueva economía del conocimiento
Cuando el despido deja de ser una anomalía y se convierte en un efecto estructural, la pregunta ya no es qué hará el sistema, sino qué ocurre con las vidas concretas que quedan fuera. El futuro que se abre tras la automatización cognitiva no es uniforme. No todos caen en el mismo lugar. No todos descienden del mismo modo. Lo que emerge es un paisaje fragmentado, con cuatro destinos predominantes, cada uno con implicaciones antropológicas distintas.
1. La élite aumentada
Pocos, hiperproductivos, imprescindibles
Una minoría logra situarse en posiciones de alta complementariedad con la inteligencia artificial. No compiten con ella; la orquestan. Dirigen, supervisan, deciden. Son más productivos que nunca, pero también menos numerosos que nunca. Su valor no reside tanto en ejecutar tareas como en integrar sistemas, traducir objetivos y asumir responsabilidad última.
Desde fuera, este grupo aparece como prueba de que la reconversión es posible. Desde dentro, vive bajo una presión inédita: rendimiento constante, obsolescencia acelerada, dependencia total de infraestructuras técnicas. Son necesarios, pero reemplazables a medio plazo. Su estatus es alto; su estabilidad, frágil.
Antropológicamente, encarnan una nueva aristocracia funcional: no hereditaria, pero excluyente.
2. El subempleo cognitivo
Trabajar sin agencia
Aquí se sitúa una parte creciente de los expulsados. Personas altamente formadas que no desaparecen del mercado, pero quedan atrapadas en tareas fragmentadas: validar salidas de IA, revisar errores, alimentar sistemas, cumplir protocolos. No deciden. No crean. Supervisan sin poder intervenir.
Es trabajo sin horizonte. Sin narrativa de progreso. Sin posibilidad clara de excelencia. Desde fuera parece empleo; desde dentro se vive como desclasamiento simbólico. No por el salario —a menudo suficiente—, sino por la distancia entre lo que se sabe hacer y lo que se permite hacer.
Este subempleo no es transitorio. Es estructural. Y produce una forma específica de malestar: frustración crónica sin culpable visible.
3. La revalorización paradójica de lo humano
Más sentido, menos estatus
Otros migran hacia trabajos que la IA no puede automatizar del todo: cuidados, educación personalizada, atención directa, oficios artesanales. Tareas donde la presencia humana no es un fallo, sino el núcleo del valor. Aquí reaparece algo que parecía perdido: relación, impacto directo, sentido vivido.
Pero esta revalorización es paradójica. Socialmente, estos trabajos siguen ocupando posiciones bajas en la jerarquía del estatus. Económicamente, están peor remunerados. Culturalmente, se los celebra mientras se los precariza. El sistema los necesita, pero no los honra.
Quienes llegan aquí no lo hacen siempre por vocación, sino por descarte. Y aun así, muchos descubren algo inquietante: trabajan menos para el mercado, pero más para la vida.
4. La desvinculación del trabajo
Existir sin empleo
Finalmente, una parte creciente queda fuera del trabajo en sentido clásico. No porque no quiera, sino porque no hay lugar. Rentas básicas, subsidios, ayudas, tiempo libre no elegido. Desde el punto de vista económico, es gestionable. Desde el punto de vista simbólico, es explosivo.
Porque durante siglos el trabajo no solo distribuyó ingresos. Distribuyó identidad, estatus y sentido. Al desaparecer esa mediación, emerge la pregunta más peligrosa de todas: ¿qué hago aquí si no soy necesario para producir?
Esta desvinculación no es ocio creativo. Es espera. Y la espera, cuando no está cargada de significado, se vuelve corrosiva.
Estos cuatro destinos no son compartimentos estancos. Muchas vidas transitan entre ellos. Pero juntos dibujan el contorno de una transformación histórica: la ruptura entre utilidad económica y valor humano.
Aquí el debate deja de ser laboral. Se vuelve moral, político y ontológico. Porque cuando una sociedad no sabe qué hacer con quienes ya no necesita para producir, no tarda en buscar otras formas de justificar su exclusión.
Es en este punto donde la ambición moral de Bregman entra en escena… y donde se revela, también, su límite.
VI. Ambición moral en un mundo que ya no necesita a todos
El límite trágico de la ética individual
Rutger Bregman formula su llamada a la ambición moral desde una intuición poderosa y, en muchos sentidos, justa: vivimos por debajo de nuestras posibilidades éticas. Desperdiciamos talento, tiempo y energía en actividades que no contribuyen a resolver los grandes problemas de nuestro tiempo. Podríamos hacer más. Podríamos apuntar más alto. Podríamos orientar nuestra vida hacia fines que realmente importan.
La propuesta interpela porque resuena con una culpa difusa que ya estaba ahí. La sensación de estar ocupados pero no comprometidos. Productivos pero no necesarios. Activos pero no relevantes. En ese sentido, Bregman pone palabras a un malestar real y lo convierte en exigencia moral.
Pero el escenario que dibuja la automatización cognitiva introduce una fricción decisiva.
La ambición moral presupone un mundo que todavía ofrece lugares donde encarnarse. Presupone que existen causas, instituciones, proyectos capaces de absorber talento humano de forma significativa. Presupone, sobre todo, que la pregunta central es qué hago con mi vida, no qué hace el sistema con las vidas.
Cuando una parte creciente de la población es expulsada no por falta de vocación, sino por irrelevancia estructural, esa ética empieza a tensarse. No desaparece, pero se vuelve trágica. Porque ya no se trata solo de elegir bien, sino de tener dónde elegir.
Aquí la ambición moral corre el riesgo de deslizarse —sin pretenderlo— hacia una nueva forma de moralización. Si no encuentras un lugar con sentido, si no logras reconvertirte, si no canalizas tu talento hacia el bien, la responsabilidad parece recaer de nuevo sobre ti. El sistema queda fuera de campo. La exclusión se traduce en déficit individual.
Desde una perspectiva antropológica, este desplazamiento es problemático. No porque la ética individual sea irrelevante, sino porque no puede cargar sola con una transformación estructural. La historia muestra que cuando las instituciones dejan de ofrecer marcos estables de reconocimiento, la apelación a la virtud personal se vuelve insuficiente y, a veces, cruel.
Hay algo profundamente moderno —y profundamente frágil— en la idea de que cada individuo debe justificar su existencia a través de su contribución visible. Cuando esa contribución deja de ser requerida, la ambición moral se enfrenta a su límite: no basta con querer hacer el bien si el mundo no sabe dónde colocarte.
Esto no invalida a Bregman. Al contrario: lo sitúa en el lugar que le corresponde. Su propuesta señala una dirección necesaria, pero incompleta. Nos recuerda que una vida buena no se mide solo por el éxito, sino por el impacto. Pero no responde aún a la pregunta que la IA pone sobre la mesa:
¿Qué ocurre cuando el impacto deja de ser condición de pertenencia?
En ese punto, la ambición moral necesita algo más que voluntad. Necesita infraestructuras colectivas que traduzcan intención en reconocimiento. Necesita nuevas instituciones, nuevas métricas de valor, nuevas narrativas capaces de afirmar que una vida sigue siendo valiosa incluso cuando no es productiva en términos clásicos.
Sin ese soporte, la ética se vuelve heroica para unos pocos y frustrante para muchos. Se convierte en un ideal elevado que solo una minoría puede encarnar, mientras el resto queda atrapado entre la culpa y la irrelevancia.
La tensión es clara: — sin ambición moral, el vacío se llena de cinismo; — solo con ambición moral, el vacío se llena de culpa.
Lo que falta es un marco compartido de sentido que no dependa exclusivamente del empleo ni del rendimiento. Y es precisamente esa ausencia la que convierte la automatización masiva en un riesgo civilizatorio, no por lo que quita, sino por lo que deja sin nombre.
Ahí es donde el problema deja de ser individual y se vuelve colectivo. Ahí es donde la pregunta ya no es qué debería hacer yo, sino qué tipo de sociedad estamos dispuestos a ser.
VII. El verdadero riesgo
No el paro, sino el vacío
El desempleo es una categoría económica. El vacío es una categoría existencial.
Las sociedades modernas saben —mal que bien— gestionar el paro: subsidios, estadísticas, políticas activas, cursos de formación, discursos de resiliencia. Todo ese andamiaje está diseñado para un supuesto que raramente se cuestiona: el desempleo es transitorio. Algo que se atraviesa para volver al trabajo, al lugar donde el sentido espera.
La automatización cognitiva quiebra ese supuesto.
Cuando el trabajo deja de ser un horizonte garantizado, el problema ya no es cuánto tiempo se tarda en encontrar empleo, sino qué ocurre con una vida cuando el empleo deja de estructurarla. Y aquí emerge un riesgo mucho más profundo que la precariedad económica: la descomposición del sentido.
Durante siglos, el trabajo operó como un gran traductor antropológico. Traducía:
- el tiempo en propósito,
- el esfuerzo en valor,
- la disciplina en reconocimiento,
- la utilidad en dignidad social.
Incluso los trabajos vacíos cumplían esa función. Incluso los bullshit jobs ofrecían una respuesta —imperfecta, pero operativa— a la pregunta “¿quién soy?”. Cuando esa mediación desaparece sin ser reemplazada, el sujeto queda expuesto.
No expuesto a la pobreza únicamente, sino a algo más corrosivo: la indeterminación identitaria.
Aquí el vacío no aparece como silencio fecundo, sino como ruido de fondo. Como una sensación persistente de irrelevancia. Como una vida suspendida en espera de una llamada que no llega. El tiempo libre deja de ser tiempo liberado y se convierte en tiempo sin marco, sin relato, sin legitimidad.
Las consecuencias de este vacío no son abstractas. Son observables.
Aumentan la depresión y la ansiedad, pero también algo más difícil de medir: el resentimiento. Cuando una sociedad no ofrece lugares reconocidos para todos, la exclusión deja de vivirse como contingencia y empieza a interpretarse como injusticia moral. Y cuando no hay relato que explique esa injusticia, se buscan culpables.
Aquí el vacío se politiza.
La historia muestra un patrón inquietante: cuando el sentido se evapora, la identidad se radicaliza. Aparecen relatos simplificadores, enemigos claros, promesas de restauración. El autoritarismo no entra por la fuerza, sino por la promesa de devolver orden, pertenencia y valor a quienes sienten que lo han perdido.
La IA, en este escenario, se convierte en chivo expiatorio o en ídolo, pero rara vez en lo que realmente es: un catalizador de una crisis más antigua. No crea el vacío; lo desvela. No produce el nihilismo; lo acelera.
El verdadero peligro no es una sociedad con menos trabajo, sino una sociedad que sigue midiendo el valor humano con la vara del trabajo cuando este ya no está disponible para todos. En ese desajuste nace la humillación, y de la humillación, la violencia simbólica —y a veces real—.
Por eso la pregunta decisiva no es cómo crear empleo suficiente, sino cómo sostener sentido suficiente. Cómo articular reconocimiento sin rendimiento. Cómo afirmar pertenencia sin productividad. Cómo evitar que millones de vidas queden reducidas a una categoría residual: población sobrante.
Sin una nueva narrativa colectiva, el vacío no permanece neutral. Se llena. Se llena de miedo, de nostalgia, de ira. Se llena de soluciones simples para problemas complejos. Se llena de líderes que prometen devolver una utilidad perdida, aunque sea señalando a otros como prescindibles.
Lo que se avecina no es solo una crisis laboral. Es una crisis de mediación. El trabajo ya no cumple su función simbólica, pero no hemos construido nada que lo sustituya.
Y en ese interregno —como advirtió Gramsci— aparecen los monstruos.
VIII. Infierno o liberación
La bifurcación histórica
En los momentos de colapso simbólico no hay trayectorias suaves. Hay bifurcaciones. Cuando una institución central deja de organizar la vida —y el trabajo lo ha sido—, la historia no continúa en línea recta: se abre.
La inteligencia artificial no empuja en una dirección u otra. Desbloquea. Desestabiliza. Hace posible lo que antes era impensable y hace inviable lo que antes parecía natural. Por eso hablar de infierno o liberación no es una exageración retórica, sino una descripción sobria del umbral en el que estamos.
Escenario A: el infierno funcional
Tecnología sin redistribución, renta sin reconocimiento
En este escenario, la automatización avanza sin una reconfiguración profunda del marco social. La producción se concentra. La eficiencia aumenta. La riqueza se genera… y se desacopla del empleo. Para gestionar el excedente humano, el sistema ofrece ingresos mínimos, subsidios, parches. Suficientes para sobrevivir, insuficientes para pertenecer.
El error no es económico. Es simbólico.
Porque el reconocimiento sigue ligado al rendimiento en un mundo donde el rendimiento ya no es condición de inclusión. Quien no trabaja queda marcado. No como culpable —eso sería demasiado explícito—, sino como prescindible. Aparece una ciudadanía de baja intensidad, sostenida pero no convocada.
En este escenario, la ambición moral se privatiza. Se convierte en heroicidad individual, en excepción admirable. El resto vive entre la culpa, la frustración y el resentimiento. La política se degrada en gestión del malestar. El conflicto cultural se intensifica. La tentación autoritaria crece, no por amor al poder, sino por hambre de orden y sentido.
Es un infierno sin fuego. Un infierno eficiente. Un infierno perfectamente compatible con el progreso técnico.
Escenario B: la liberación difícil
Separar subsistencia, sentido y empleo
El otro camino es más exigente y menos intuitivo. Implica aceptar algo que la modernidad ha evitado formular: el trabajo no puede seguir siendo el fundamento ontológico de la vida social. No porque sea indigno, sino porque ya no es universalizable.
Aquí la automatización se asume como una oportunidad histórica para reordenar el contrato simbólico. La subsistencia se garantiza sin exigir rendimiento productivo. El reconocimiento se desvincula del empleo y se distribuye a través de otras formas de contribución: cuidado, creación, aprendizaje, participación cívica, sostenimiento de lo común.
Este escenario no idealiza el ocio ni romantiza la inactividad. Exige, al contrario, nuevas instituciones, nuevas métricas de valor, nuevas pedagogías del tiempo y del propósito. Exige aprender a nombrar lo valioso cuando ya no es rentable. Exige una política del sentido, no solo de la renta.
Aquí la ambición moral no desaparece. Cambia de escala. Deja de ser una épica individual para convertirse en una tarea colectiva: diseñar marcos donde una vida pueda ser buena sin tener que ser necesaria para producir.
No hay garantías de éxito. Pero hay algo decisivo: en este escenario, el vacío no se niega. Se trabaja.
IX. La pregunta que ya no podemos aplazar
Cuando el trabajo deja de ser respuesta
La IA no nos obliga a responder de inmediato. Pero nos ha quitado la coartada de seguir posponiendo la pregunta.
Durante siglos, el trabajo respondió por nosotros. A la pregunta por el sentido. Por el lugar. Por el valor. Bastaba con trabajar —o con aspirar a hacerlo— para que la vida quedara, de algún modo, justificada.
Esa respuesta empieza a fallar.
Y cuando una respuesta histórica deja de funcionar, no basta con mejorarla. Hay que atreverse a formular la pregunta que mantenía en suspenso:
¿Para qué existe el ser humano en una civilización que ya no lo necesita para producir?
No es una pregunta tecnológica. No es una pregunta económica. Es una pregunta civilizatoria.
Si no la formulamos nosotros, otros lo harán por nosotros. Con relatos más simples. Con enemigos más claros. Con soluciones más peligrosas.
Tal vez la tarea de nuestro tiempo no sea defender el trabajo a toda costa, ni celebrar su desaparición, sino custodiar el sentido en el tránsito. Sostener un espacio donde lo humano no tenga que justificarse por su utilidad inmediata. Donde una vida pueda ser valiosa antes de ser rentable.
El trabajo fue durante mucho tiempo el nombre de ese pacto. Hoy, ese nombre ya no basta.
Lo que está en juego no es el futuro del empleo. Es la posibilidad misma de una sociedad que no convierta la irrelevancia técnica en exclusión moral.
Desde la Atalaya, el paisaje es claro. El viejo mundo no termina de morir. El nuevo no acaba de nacer.
Y en ese claro oscuro —como advirtió Gramsci— aparecen los monstruos.
La pregunta es si, esta vez, sabremos nombrar otra cosa antes de que lo hagan ellos.