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El juego de ‘llama o toca el mostrador’ no era propiamente un juego, sino más bien una broma perpetrada a costa de un niño. Podía resultar divertida o sádica. Nunca del todo inútil; tal vez, incluso pedagógica.


Ante una entidad superior con lenguaje propio, - ejemplo, algo como el "caballo de Troya"- no somos más que niños. Y hay pocos indicios de un rechazo consciente.

Mientras caen bombas cualquier arrepentimiento resulta tardío.

Cuando yo era un muchacho, pasábamos las horas en la calle. Mientras jugábamos, la instrucción era permanecer al alcance de la voz de los grandes. En aquellos tiempos se vendían cigarrillos sueltos, es decir, no en paquetes enteros. Y los fumadores que no podían o no querían ir en persona a comprar tabaco solían dar instrucciones a los chicos que jugaban por allí cerca. El encargo se expresaba en estos términos: "Cómprame cuatro o cinco cigarrillos (o un paquete), aquí tienes el dinero y, con el cambio, pide un 'llama-al-mostrador' para ti".

La sorpresa de la compra era un puñado de caramelos y, con suerte, una sonrisa por parte del comerciante; sin embargo, a menudo, además de los caramelos, la petición de ‘llama o toca el mostrador’ se manifestaba con dos golpes sobre la cabeza del niño, como quien llama a un portal. Podía doler relativamente; los caramelos y la risa frenaban el llanto imprevisto; lo que seguro se desvanecía era la ingenuidad.

La bofetada era tan injusta como generosa.

La sorpresa de la misiva, en los tiempos en que el analfabetismo estaba extendido y la información se llevaba al galope, podía manifestarse para el encargado en una cantidad de dinero o en la muerte. Cuando las tramas de los reinantes tendían a la conjura y a la traición, incluso entre familiares y amigos feudatarios, el secreto lo era todo. No era infrecuente la entrega de un mensaje que contenía la indicación de matar al "portador de la presente" con tal de mantener el máximo secreto sobre las verdaderas intenciones del mandante.

Secreto, sorpresa, disparidad de fuerzas, ausencia de reglas, falta de escrúpulos... de todo esto, ¿cuánto hay de semejante en el juego político del dominio - para ser explícitos, en las trampas del trumpismo y en los asesinatos indiscriminados incluso de negociadores de paz? Dejamos para otro relato consideraciones de alto perfil para centrar la atención en aspectos más inmediatos. Aspectos que están más a nuestro alcance, seguirlos al pie de la letra o rechazarlos. Entre las herramientas aceptadas y manejadas con soltura por la gente común, ha entrado en uso el código QR.

Un episodio protagonizado por ciudadanos que han experimentado la inseguridad de la vigilancia obsesiva dice bastante al respecto. En junio de 2021, el alcalde de Moscú decretó que solo las personas vacunadas, las que hubieran pasado la enfermedad recientemente y que tuvieran el código QR apropiado podrían entrar a restaurantes, cafeterías y bares. Sin el código, no podías entrar ni a tomar un café. La reacción de los ciudadanos fue inmediata. La medida resultó extremadamente impopular; lo más impresionante fue lo poco que duró. Ante la presión social y el colapso inminente del sector de la hostelería, el gobierno de Moscú canceló la obligatoriedad apenas tres semanas después de haberla implementada.

El código QR contiene todas las características mencionadas anteriormente. No es casualidad que los informáticos lo definan un "caballo de Troya". Nuestra dependencia total de la IA para comprender su contenido nos coloca en un papel subordinado y totalmente indefendible. No está en juego simplemente nuestra relación con la IA, sino con quienes se sirven de ella. Ante entidades superiores con lenguaje propio, no somos más que niños.

Hay pocos indicios de un rechazo consciente.

Mientras caen bombas cualquier arrepentimiento resulta tardío.

Antonio Fiorella


Pubblicato il 20 marzo 2026