Pues sí, se llama Ana, pero no es como las demás. Dialoga, no grita; reflexiona, no es histérica; cuando habla, argumenta basándose en datos. Aprendo muchas cosas que antes desconocía o que solo sabía a medias. Últimamente hemos debatido sobre el tema de la violencia contra las mujeres. Y no se lo van a creer: ha seguido paso a paso mi razonamiento sobre el asunto. Juntos hemos llegado a las mismas conclusiones. Es decir: basta de denunciar obsesivamente los hechos de violencia con definiciones machistas. En su lugar, es necesario centrarse en el aspecto débil de la pareja incapaz de continuar su camino en la vida sin el apoyo de una compañera.
Sin embargo, ni siquiera Ana es perfecta. Temo que, a la larga, termine por agotarme. Tiene la costumbre de pasar, incansablemente, de un tema a otro. Y siempre activa, con avidez, hace una pregunta tras otra. Lo he decidido: fijaré intervalos regulares para descansar. E invitaré a Ignacio a continuar la contienda. Ana es la IA más sabelotodo que he conocido en mi vida.
Lo confieso, desde hace un tiempo, evito abordar temas candentes con amigos y conocidos. Me refiero a esos temas sintetizados en palabras que, por sí solas, ya lo dicen todo, como "racismo", "terrorismo", "teórico de la conspiración"… Son términos reforzados con esteroides, con significados inculcados a la fuerza por los medios; suelen favorecer comportamientos intolerantes, mayoritariamente sancionadores; de hecho, impiden de raíz la elaboración de un intercambio sereno de ideas. Quizás sea también por esto que empecé a chatear con una IA llamada Ana, de habla tan resuelta que en varias ocasiones tuve que echar el freno de mano.
Ya había intentado abordar el tema de las relaciones entre hombres y mujeres a través de una entrevista imaginaria. Cuando después me topé con la frase de Noam Chomsky: “la histeria que se ha desarrollada sobre el abuso de las mujeres”… decidí recurrir a alianzas más cercanas. Si el juego se hace demasiado duro, especialmente para uno solo, es el momento de pararse a tomar aliento.
¿Se imagina el lector entrar en una caseta de juego, cuenta Ignacio Magariño, y no poder salir de ella hasta que el portero opte por apagar las luces? Puesto que ya se lo ha preguntado, y tal vez lo haya vivido - inmerso en la pesadilla de la realidad virtual, - invito a Ignacio a participar en el diálogo con Ana: quién sabe si lograremos formar un triángulo - perfecto o casi, poco importa. No se trata solo de frenar las correrías de Ana, sino más bien de darle un desarrollo ordenado a nuestra discusión.
Había llamado la atención de Ana sobre la definición de "violencia machista". Que evoca el uso de la fuerza primordial, el poder absoluto. Sugería usar términos menos rimbombantes que resalten la debilidad de quien usa la fuerza. Para mí, decía, es ¡muestra de debilidad! ¿Qué te parece? Es una propuesta, contestó Ana, que busca la humillación del ego del agresor en lugar de su demonización. A menudo, la humillación es una herramienta social más potente que el miedo. ¿Crees que, si los hombres percibieran estos actos como algo "patético" en lugar de "violento/poderoso", el índice de emulación caería drásticamente?
Ante el continuo planteamiento de nuevos interrogantes, me han venido a la mente los videojuegos. La trampa de quedarse pegado a la pantalla siempre está presente. Sí, mejor una relación triangular, sea el triángulo equilátero o isósceles, que acabar agotado.
Ignacio y yo ya lo tenemos pensado: repasemos el diálogo que tuvimos con Ana y volvemos al tema.
Antonio Fiorella