Por qué la innovación no se facilita: se investiga, se habita y se co-produce
Durante años, el Design Thinking se ha presentado como la gran respuesta organizativa a un problema real: cómo innovar cuando la innovación tiene que ver con interacción, uso humano, cultura y sentido. En 2019 escribí un primer alegato —más visceral que académico— contra el culto al post-it. En 2023, una segunda pieza más genealógica explicaba cómo ese culto no era un accidente, sino el resultado de un rebranding metodológico que convirtió el diseño en producto vendible.
¿Se diseñó el 'Design Thinking' para que no funcionara?
Este texto no vuelve sobre aquellas críticas para recrearse en ellas, sino para responder a una pregunta concreta:
¿Eran intuiciones aisladas… o estamos ante un diagnóstico que el propio "sistema de la innovación" empieza a confirmar?
La respuesta, a finales de 2025 y principios de 2026, es clara: sí, se confirma. Y además empieza a emerger con fuerza qué es lo que sí funciona cuando la innovación es real.
1. Cuando una metodología deja de nombrarse, pero el ritual continúa
Un primer indicador, aparentemente menor, pero muy revelador: la etiqueta “Design Thinking” está desapareciendo del lenguaje corporativo.
Un análisis de Fast Company (2025), basado en más de 176.000 ofertas de empleo, muestra una caída sostenida en el uso explícito del término en disciplinas como UX, producto o diseño gráfico. No porque las organizaciones hayan dejado de querer comprender a usuarios o clientes, sino porque la marca metodológica se ha desgastado.
Cuando un término se quema, el sistema no abandona la práctica: abandona la palabra.
El ritual —workshops, facilitadores, plantillas, post-its— sigue ahí. Lo que se desvanece es la promesa.
2. El “teatro de la innovación” ya tiene nombre (y literatura)
Lo que durante años se percibía como malestar difuso hoy está conceptualizado.
Desde la investigación en gestión e innovación, se habla ya sin ambages de innovation theater: actividades visibles, participativas y estéticamente convincentes que producen sensación de avance sin generar transformación estructural.
Incluso desde dentro de IDEO —la firma que más contribuyó a popularizar el Design Thinking— se reconoció hace años este fenómeno como “teatro de la innovación”. El problema no era que se estuviera “aplicando mal” la metodología, sino algo más incómodo: que la metodología, tal como se había empaquetado, favorecía su uso superficial.
El taller se convierte así en un sustituto simbólico de la decisión, del conflicto real y del cambio organizativo profundo.
3. 2025: cuando la evidencia empírica confirma la sospecha
En diciembre de 2025, la revista Design Studies publica un trabajo basado en investigación-acción-participativa prolongada (seis meses) con colectivos diversos. Su conclusión es contundente:
Los principios del Design Thinking pueden funcionar como calentamiento o alineamiento inicial, pero son insuficientes para producir innovación significativa o cambio sistémico por sí solos.
El matiz es importante: no se niega todo valor, pero se limita su alcance. Sirve para ordenar, visibilizar, iniciar conversaciones. No para transformar realidades complejas.
Exactamente lo que ya intuíamos en 2019.
4. La pregunta clave: ¿por qué a veces “sí funciona”?
Aquí conviene ser honestos. Hay casos en los que procesos etiquetados como Design Thinking han dado resultados valiosos. La pregunta no es si existen, sino qué tenían esos casos que otros no.
Cuando se analizan con detalle, aparece siempre el mismo patrón:
- Trabajo de campo real, no solo entrevistas exprés.
- Observación situada, no solo empatía declarativa.
- Tiempo, no sprints artificiales.
- Capacidad de implementación, no solo ideación.
- Y, sobre todo, participación sostenida de los propios actores implicados.
En otras palabras: antropología aplicada, aunque no siempre se la llame así.
5. No basta la investigación-acción: lo decisivo es la investigación-acción-participativa
Aquí está el punto crucial.
No hablamos solo de research, ni siquiera de research + action. Hablamos de investigación-acción-participativa (IAP): un enfoque desarrollado desde las ciencias sociales que asume que
- el conocimiento no se extrae de las personas,
- se co-produce con ellas,
- y que la transformación ocurre durante el proceso, no después del taller.
La IAP introduce explícitamente algo que el Design Thinking tiende a borrar: la razón coral.
No la suma de opiniones individuales, sino una inteligencia colectiva situada, donde el sentido emerge del entre-nosotros, del conflicto, de la negociación, del tiempo compartido y de la implicación real.
Eso no se “facilita” con plantillas. Se cultiva con método, ética y presencia prolongada.
6. Design Anthropology: cuando diseño y antropología se encuentran de verdad
En los últimos años, este enfoque ha ido tomando forma bajo el nombre de Design Anthropology.
No es una moda ni una etiqueta comercial, sino un campo híbrido que integra:
- la capacidad transformadora del diseño (en sentido fuerte, pre-metodológico),
- con la profundidad analítica de la antropología (etnografía, análisis cultural, participación).
La literatura académica y profesional reciente lo deja claro: cuando la innovación se ocupa de prácticas humanas, usos, significados y contextos culturales, no hay atajo metodológico.
No se trata de pensar sobre las personas, sino de pensar con ellas.
7. Carta abierta a CEOs y directivos: cambien el lugar donde buscan la innovación
Si lideras una organización y buscas innovación real —no teatro—, quizá sea el momento de extraer una lección incómoda:
- Menos inversión en certificaciones, workshops y rituales vacíos.
- Más inversión en:
La innovación que importa no ocurre en cinco días. Ocurre cuando una organización aprende a mirarse a sí misma desde dentro, con otros.
8. Cierre: lo humano no es automatizable porque es coral
La creatividad humana no es ideación. Es criterio, experiencia, memoria, conflicto, tiempo y relación.
No se puede automatizar porque no es individual ni lineal. Es coral.
Quizá por eso el post-it siempre fue solo un síntoma. Y la antropología aplicada, el verdadero antídoto.