Del mundo vivido al mundo representado
Del impulso moderno de objetivar al sueño de formalizarlo todo
Durante la mayor parte de la historia humana, el mundo no estuvo “ahí fuera” como un objeto que se muestra para ser descrito.
El mundo era entorno, clima, vínculo, amenaza, refugio, relato, hogar y misterio a la vez. Se vivía antes de pensarse. Se atravesaba antes de explicarse.
Pero algo decisivo ocurrió entre los siglos XVI y XVII.
Sin aspavientos, comenzó una transformación que hoy damos por natural:
el mundo dejó de ser, ante todo, experiencia, y comenzó a convertirse en representación.
No fue —como a veces se cuenta— un simple progreso científico. Fue un cambio de posición: pasamos de estar en el mundo a colocarlo frente a nosotros.
A esa mutación la llamamos modernidad.
Galileo: el mundo como libro escrito en números
Cuando Galileo afirma que el libro de la naturaleza está “escrito en lenguaje matemático”, no se limita a decir que las matemáticas son útiles.
Está diciendo algo más radical:
lo que cuenta del mundo es aquello que puede expresarse en forma cuantitativa.
Lo cualitativo —calor, color, sabor, textura, atmósfera— queda relegado al terreno de lo secundario, subjetivo, inseguro.
Lo objetivo será, desde entonces:
- lo medible,
- lo calculable,
- lo repetible.
El mundo comienza a existir preferentemente como ecuación.
Descartes: el gran desdoblamiento
Con Descartes, esta transformación se vuelve ontología explícita.
Por un lado:
- la res cogitans, el sujeto pensante.
Por otro:
- la res extensa, el mundo como extensión mensurable.
La fractura es ahora completa:
nosotros aquí —claros, racionales, ordenadores— el mundo allí —mudo, cuantificable, disponible.
El mundo queda objetivado. La verdad ya no es un habitar, sino un cálculo correcto.
La experiencia pierde su rango originario: ya no es suelo, sino material bruto a depurar mediante método.
El triunfo de la representación
Desde entonces, conocer significará:
- abstraer la experiencia,
- convertirla en modelo,
- operar sobre el modelo.
Es decir:
el mundo vale en la medida en que puede escribirse.
Mapas, diagramas, gráficos, leyes, ecuaciones: la representación no es solo espejo del mundo —es su sustituto operativo.
Lo que no entra en el modelo, deja de contar.
Y lo que entra en el modelo, parece ser el mundo “de verdad”.
Así se instala silenciosamente una jerarquía:
- arriba, lo representado correctamente;
- abajo, lo vivido con sus ambigüedades.
Hilbert: la culminación del sueño
A comienzos del siglo XX, el proyecto alcanza su forma más pura.
David Hilbert propone nada menos que:
construir un sistema axiomático completo, consistente y formal que capture, sin fisuras, el edificio entero de las matemáticas.
Si lo logramos —piensa Hilbert—, la razón humana habrá asegurado para siempre un territorio sin incertidumbre.
El ideal es claro:
- sin ambigüedad,
- sin lagunas,
- sin restos.
Todo problema formulable sería, en principio, resoluble.
Es el momento más alto del impulso moderno:
si lo representamos formalmente, lo dominamos.
(La grieta llegará con Gödel. Pero esa es ya la siguiente escena de nuestra genealogía.)
Lo que realmente cambió
No se trata de negar los logros inmensos de la ciencia moderna.
Se trata de ver lo que, al triunfar, redefinió.
A partir de aquí:
- la naturaleza aparece como sistema de variables,
- el cuerpo como objeto biológico,
- el tiempo como magnitud medible,
- la experiencia como ruido subjetivo.
Y algo decisivo comienza a gestarse:
si el mundo puede representarse, quizá pueda codificarse.
Si puede codificarse, quizá pueda también circular como información.
Y si circula como información…
el paso siguiente —el que nos trae a Hassabis— ya no parece descabellado:
si todo es información, entonces todo puede computarse.
Pero ese salto aún no se ha dado en nuestra historia. Para entenderlo, necesitamos detenernos en el siguiente giro:
cómo la representación se transforma, no en imagen del mundo, sino en flujo informacional independiente del significado.
Allí comienza, propiamente, el nacimiento del imperio de lo computable.
Y ese será el territorio del próximo capítulo.
Bibliografía mínima (para profundizar)
- Galileo Galilei — Il Saggiatore (pasajes sobre el “lenguaje matemático”)
- René Descartes — Discurso del método
- Alexandre Koyré — Del mundo cerrado al universo infinito
- Husserl — La crisis de las ciencias europeas (para leer la crítica desde dentro)
- Introducciones a Hilbert y al programa formalista (manuales accesibles)