Trabajo en el borde: donde una organización deja de reconocerse, donde su relato ya no encaja, donde la tecnología entra más rápido que la cultura. Soy estratega de marca y antropólogo aplicado. Llevo más de tres décadas ayudando a compañías a construir identidad, coherencia y dirección. En los últimos años mi foco se ha ampliado: la IA no es solo una herramienta, es un cambio cultural que reconfigura poder, lenguaje y criterio dentro de las organizaciones. Mi trabajo consiste en leer lo que suele quedar fuera: tensiones, símbolos, hábitos, miedos y ambiciones; y traducirlo en estrategia, narrativa y decisiones sostenibles. He investigado blockchain y criptoeconomía como fenómenos culturales, y sostengo una práctica de escritura y creación conceptual desde la que pienso sin atajos. Colaboro con empresas, instituciones y consultoras cuando necesitan claridad en contextos de incertidumbre: para afinar identidad y cultura, diseñar narrativas honestas de futuro y encajar la tecnología en un marco humano. Si estás en un punto de cambio y necesitas claridad cultural y narrativa, conversemos.

La jaula de silicio

No hay barrotes. No hay guardias. No hay órdenes gritadas. La jaula de silicio no se impone por la fuerza, sino por la eficiencia. No restringe movimientos; los optimiza. No silencia la palabra; la vuelve innecesaria. No niega la libertad; la redefine como adaptación exitosa a un entorno ya configurado. Por eso resulta tan difícil de percibir. Funciona bien. Reduce fricciones. Elimina arbitrariedades visibles. Promete objetividad. Y mientras cumple esas promesas, algo esencial se desliza fuera de campo: el mundo común como espacio de sentido compartido. En la jaula invisible, las decisiones siguen afectando a personas, pero ya no pasan por ellas. Los derechos siguen proclamándose, pero ya no encuentran interlocutores. La democracia sigue en pie, pero como procedimiento gestionado, no como práctica vivida. Todo continúa, pero en otro plano.

La Guardianía del Sentido

Operacionalizar la guardianía del sentido no significa convertirla en un método cerrado, sino mantenerla como una práctica criterial, situada y reflexiva que introduce preguntas ineludibles en el diseño y despliegue tecnológico. Más que añadir métricas o protocolos, desplaza la atención hacia la lectura de sentido, la cultura organizativa y el contexto, evitando que la eficiencia técnica clausure prematuramente el mundo. No ofrece recetas universales, sino un umbral de responsabilidad desde el que seguir actuando sin abdicar de lo humano.

El imperio de lo computable [6]

El corazón del computacionalismo comienza a sonar distinto: “la mente es un programa” “comprender es procesar información” “la inteligencia es manipulación de símbolos” Ya no parece una conclusión inevitable, sino una reducción.

El imperio de lo computable [7]

Podemos convivir con sistemas poderosos sin entregarlo todo. Podemos aprovechar su fuerza sin perder nuestro suelo. Podemos habitar el siglo del algoritmo sin olvidar que seguimos siendo humanos: finitos, frágiles, interpretativos, abiertos.